POR JOSE VALENTINAquella mañana Epifanio despertó turbado, sus ojeras abultadas delataban el estado de tribulación por el que atravesaba. Tomó un bolso negro y con pocas energías apiñaba los harapos inservibles que aún conservaba. Su estado de abandono era notorio, sus largas uñas adornaban sus manos y servían para acariciar su flácido y ruborizado cuerpo, cuando ya había terminado de apiñar sus migajas una mujer esbelta, con voz aguda y carácter agresivo le dijo – ¡Don Epifanio, Y donde va usted! –
Epifanio se quedó pasmado, y dijo–ya no quiero estar aquí, este lugar es triste y frío, no hay amigos, las noches son largas y oscuras; la mujer le miró fijamente y en tono bajo murmulló– tenga paciencia, algún día usted saldrá de este lugar– ¡Le traje su píldora de la mañana, esto le hará sentir mejor!–
Epifanio había engendrado seis hijos con seis mujeres distintas, bandolero, tahúr y beodo empedernido nunca tuvo la valentía de formalizar un hogar con ningunas de sus mujeres. Una tarde mientras tomaba una siesta, sintió un asfixiante olor a humo, su humilde hogar estaba prendido en llamas, y al cabo de unos minutos todo se esfumó, apenas pudo salvar la vida.
Los meses siguientes serían un infierno para Epifanio, tocaba puertas de vecinos y conocidos buscando una cobija temporal, el fatídico siniestro lo había convertido en nómada; desfuerzado y con pocos deseos de vivir, cargaba sobre su espalda un bulto hecho de trapos viejos, al que la suciedad y dejadez habían dado el color lóbrego de la noche. Recién había cumplido 65 años, pobre y solitario la vida le obligó a convertirse en limosnero, cabizbajo y algo avergonzado elevaba sus manos al nivel de sus costillas para recibir las dadivas de los transeúntes.
Un día cual fuese el infeliz se abalanzó sobre un caminante en busca de unas moneditas y al ver su rostro de frente las rodillas no le dieron para más, cayó tendido al piso y el hombre largó un puñado, sabe Dios de qué y Epifanio se apresuró a meter en sus bolsillos; con paso apresurado el caminante se alejó del lugar y una tristeza colosal se apoderó del limosnero , aquel hombre era Tobías, el quinto hijo de Epifanio procreado con una de las tantas mujeres que había tenido, pero al igual que los cinco restantes los había abandonado a su mejor suerte.
Su gran hogar sin techo “El aire libre “Le había obligado a tener una relación intima con la linterna natural por excelencia ‘’ La luna” y pasaba largas horas con el cuello inclinado recitando sobre sus aventuras y desventuras “de vez en cuando se le escuchaba decir “Si hubiese atendido a mis vástagos, esta no hubiese sido mi vida ‘’
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